viernes, 21 de septiembre de 2007

Los genes heredados de ALBERTO BUHOLZER HOCHSTRASSE

Como ustedes saben en estos últimos cinco años se han contabilizado los genes de cada célula del ser humano. En números redondos, en cada célula, hay 30.000 genes.

Alberto Buholzer Hochstrasse tenía pues 30.000 genes en cada una de sus células. Sus descendientes, que por supuesto también tienen 30.000 genes en cada una de sus células, heredaron de él en cada generación posterior lo que va a continuación. Por ejemplo, el hijo Emilio Buholzer tenía en cada una de sus células 15 mil genes de su padre y 15 mil de su madre. Otro ejemplo, el nieto Raúl Buholzer tiene en cada una de sus células 7500 genes de su abuelo Alberto Buholzer Hochstrasse y por supuesto 7500 genes heredados de su abuela Rosina Schraub Feldbausch, o sea heredó en total 15 mil genes de estos dos abuelos.

....................................Genes...................Genes............Genes
..................................de Alberto...........de Rosina.........totales

1ª generación:
hijos.............................15.000.......y.......15.000..........=.30.000
2ª generación:
nietos.............................7.500.......y........7.500...........=.15.000
3ª generación
bisnietos........................3.750........y........3.750...........=..7.500
4ª generación:
tataranietos...................1.875........y.........1.875...........=..3.750
5ª generación:
tatara-tataranietos..........937.......y............937.............=..1.875

NOTA:
Tú llevas una numeración antepuesta en el árbol genealógico, que sirve para varios objetivos, uno de ellos es para que sepas a qué generación perteneces respecto a Alberto – Rosina. Yo por ejemplo, llevo los números 3.1. Raúl Buholzer Matamala, significa que soy de la segunda generación por tener antepuesto dos números, o sea 3.1. Otro ejemplo, 6.2.1. Clara Page Buholzer, es de la tercera generación por llevar antepuesto tres números, o sea 6.2.1.

jueves, 20 de septiembre de 2007

miércoles, 19 de septiembre de 2007

ROSINA SCHRAUB FELDBAUSCH



05.-~1949.
Rosina Schraub Feldbausch. Temuco.



04.-~1949.
Segunda fila sentados:
3ª de izq. a der. : Rosina Schraub Feldbausch.
4ª de izq. a der.: Margarita Schraub Ubilla.
5° de izq. a der.: Óscar Peña.
Tercera fila:
2° de la der.: Edmundo Buholzer Schraub.
Cuarta fila:
4° de la der.: Enrique Peña Schraub.



03.-1041.
Rosina Schraub Feldbausch. Temuco.



02.-1041.
Aniversario Margarita Schraub Ubilla. Temuco.
1ª fila:
4ª der. Margarita Schraub Ubilla.
3° der. (niño) Enrique Peña Schraub.
2° der. Óscar Peña.
1ª der. Marichen Buholzer Schraub.
2ª fila:
2ª de izq. a der. Rosina Schraub Feldbausch.
5ª de izq. a der. Hildegar Reil Happke.
Niños centro:
1° de la izq. Raúl Buholzer M.
2° de la izq. Hernán Buholzer Buholzer.
3° de la izq. Óscar Buholzer Buholzer.
Última fila arriba:
2° de la izq. Enrique Buholzer Schraub.
4ª de la izq. Elisa Buholzer Schraub.

1953.- Rosina Schraub Feldbausch de Buholzer, Clotilde Matamala, Marta Sepúlveda, Raúl Buholzer, Valdivia.

martes, 18 de septiembre de 2007

lunes, 17 de septiembre de 2007

"Los Buholzer en el mundo"

Narrado e investigado por Cecilia.

Raulito Buholzer tiene muchas historias, como ustedes saben yo me he entretenido escribiéndolas y enviándole copias a nuestros familiares y amigos. Hemos tenido unas agradables respuestas cuando esto les ha servido para tener un poco más de entretención. Todos nosotros tenemos cantidad de historias inéditas. En estos últimos tres meses yo he escrito una por semana, con ésta ya llevo doce y he terminado con lo proyectado, pero si apareciera algo interesante volveré a escribir y lo esparciré por internet.

Raúl me contó otra de sus interesantes vivencias.

“Mi abuela me había contado que mi abuelo Albert Buholzer siendo suizo tenía algo de ascendencia alemana. En Alemania escribían su apellido con ch. En Alemania existía el castillo y el Condado de Bucholz desde épocas muy remotas, desde la Edad Media y las familias que vivían en ese lugar se conocían como Bucholzer. Cuando los Bucholzer llegaron de Alemania, en Suiza sucedió lo mismo, trajeron capitales alemanes, abrieron fábricas y crearon con las nuevas generaciones una gran familia. Ellos fueron inscritos oficialmente en Suiza como Buholzer sin la letra ch, que en el acento suizo-alemán se pronuncia igual que en alemán como si tuviera la ch”.

“Para asistir a mi trabajo yo viajaba todos los días en tren desde Dortmund a Essen, en uno de esos viajes me encontré con la sorpresa de que el coche, al que acababa de subir, llevaba casi todos sus diez departamentos de seis asientos cada uno totalmente ocupados, sólo en un departamento venían cuatro personas y allí me senté entre puros gringos que no sabían otra cosa que hablar de Bucholz. Allí me di cuenta que ellos habían contratado este coche del tren y que lo hacían muy a menudo acogiéndose a un descuento especial de los pasajes. Cuando pasó el conductor a revisarme mi pasaje dijo, todos son Bucholzer? Y yo, que no dominaba aún el idioma, medio sorprendido saqué mi pasaporte en vez del pasaje del tren y se lo mostré abierto y sin titubeos. El conductor miró el pasaporte y dijo, por fin tengo el honor de conocer a un auténtico Buholzer, se despidió y siguió su camino y yo quedé con mi pasaje sin marcar. Los cuatro Bucholzer que venían conmigo, o sea, en el mismo departamento, me miraban asombrados, uno de ellos se atrevió a pedirme mi pasaporte y enseguida se lo ha mostrado fascinado a sus amigos diciéndoles que yo era un Buholzer de verdad. Entonces, por lo que me dijo el conductor, yo les hice un par de preguntas a ellos: ¿Ustedes no son Buholzer? Y me explicaron que si, porque eran habitantes de Bucholz, pero que sus apellidos reales no eran Bucholzer (este es el gentilicio). Llevaban muchos comestibles y las infaltables docenas de cervezas. Luego brindaron conmigo, me convidaron un sándwich y me contaron la historia de que ellos llevaban en este viaje palomas mensajeras entrenadas, que eran capaces de volver inmediatamente a su palomar aún desde puntos muy distantes. Me contaron que en su actual competencia ellos con sus palomas se estaban alejando del lugar donde las iban a lanzar, que se encuentra a cerca de cuatrocientos kilómetros de Bucholz y yo asombrado les pregunté, si desde tanta distancia pueden llegar a su lugar de origen? Ustedes deben tener el récord mundial y me contestaron que su competencia es solamente entre ciudades. Las grandes competencias entre palomas mensajeras son las internacionales, la más famosa es la que se hace entre Barcelona y el norte de Holanda, o sea, este si que es una especie de récord con un recorrido de 1100 kilómetros”.

“Fue un simpático viaje con este grupo, el que yo creí en primera instancia que tenían el apellido Buholzer. Me invitaron a seguir viaje con ellos y agregaron que iban a estar muy orgullosos los otros cuarenta del equipo de Bucholz que copaban casi totalmente el coche del tren. Sus palomas las llevaban en el vagón del equipaje. Ellos competían con otra ciudad que anteriormente les había ganado y que ahora en la revancha, tomarían venganza y estaban muy seguros que les iban a ganar. Llevaban en el mismo vagón a un par de jueces imparciales que debían controlar la salida a la hora exacta de las cuatrocientas palomas de los Bucholzer, cuya pasión deportiva era la colombofilia. En el lugar de destino otro par de jueces controlaría la hora de llegada de las cuatrocientas palomas. Esta era una competencia muy seria y se tomaba el promedio exacto de la llegada de las palomas. Uno de ellos fue rápidamente a los departamentos del lado y les contó la anécdota de llevar a un auténtico Buholzer en su departamento. Me pasaron
saludando y yo les deseé mucho éxito. Me bajé en la estación de Essen y lamenté enormemente no haber podido seguir con ellos, ya que mis alumnos me estaban esperando en el colegio de la Misión Católica de esta ciudad”.

“Después de esto me sentí como obligado con la idea de encontrar parentela real en Alemania y me di el trabajo de revisar las guías telefónicas de todas las ciudades alemanas y en ninguna guía encontré a otros Buholzer, pero no me di por vencido, hice averiguaciones y descubrí que vendían un libro de las familias que llevan el apellido Buholzer. Lo compré y entonces supe que realmente los Buholzer vivían solamente en Suiza, un par de ellos en Francia y otro par de familias en Estados Unidos de Norteamérica. Aún no salía la dirección de ningún Buholzer de Chile, nos nombraban solamente a los recién llegados de Chile, o sea, a mí y a mis hijos. Saqué de este libro la dirección y les escribí una carta tipo circular a diez familias Buholzer que viven en Suiza, recibí treinta respuestas amables de las familias suizas de apellido Buholzer. Una familia le contaba a otra sobre nuestro deseo de saber de nuestros orígenes y llegaban cartas a mi dirección, incluso de Buholzer que no aparecían en el libro de las familias, como uno llamado Peter Ferrari Buholzer. Supe que se reunían todos los años, como lo hacen muchas familias en Europa, en una enorme carpa en una calle de Zurich. Fui invitado agregándome que sería muy bien venido si asistía, que recibiría una especie de nuevo bautizo e integraría oficialmente la reducida cantidad de familias Buholzer que hay en el mundo”.
Hasta aquí lo que me contó Raulito.

BUCH – HOLZ = libro de madera

Comentario de Cecilia.
La búsqueda de familias tiene tres objetivos: uno sentimental; otro que cada día es más importante, es el conocer el historial genético de las enfermedades de los integrantes de las familias. Los médicos, con mucha razón, hoy te preguntan un montón de cosas relacionadas con tus antepasados, hasta tu bisabuelo sale a la palestra. Y un tercero muy apreciado ..., porque es muy dorado ...

Nota:
foto 1: Raúl Buholzer, en el Hotel Buchholz de Colonia.

...

domingo, 16 de septiembre de 2007

"Breve historia sobre mi abuelo ALBERTO BUHOLZER HOCHSTRASSE"

En el año 1888 comenzó una nueva e interesante aventura para el que años más tarde sería mi abuelo Alberto Buholzer, ingeniero suizo dueño de una fábrica de sedas en Zurich. Uno de sus empleados Juan Kind se enroló para viajar a Chile, a la zona de la Araucanía, como colono. Alberto sabía que esto era todo un engaño del gobierno suizo y del gobierno chileno, ya que los araucanos defendían sus tierras desde hacía más de cuatrocientos años. Muchos ejércitos españoles habían infructuosamente intentado tomarse esta región, que con sus gigantescos bosques formados por milenarias araucarias daban una enorme protección a sus primitivos habitantes. Estas araucarias son toda un leyenda, ya reinaban en la época de los dinosaurios y con sus excelentes frutos, los piñones, dan alimentación a enormes cantidades de choroyes aves que viven casi de esta exclusiva comida. Las araucarias con sus piñones dieron además alimentación y mucha energía a los mapuches, estos fueron los habitantes milenarios de estas regiones de la Araucanía. Después de la cosecha de los piñones ellos los conservaban en el interior de los troncos huecos del pellín, que es una madera más densa que el agua y que sumergían en los arroyos cercanos, eran sus refrigeradores. Los araucanos o mapuches fueron toda una leyenda, ya que como disponían de una buena alimentación se hicieron invencibles. Alberto estaba seguro que los colonos que venían engañados a esta región de la Araucanía corrían un gran peligro. El regalo de las tierras y de herramientas no compensaba para nada estos riesgos y la barbaridad de despojar y matar a los araucanos era a criterio de Alberto una situación que no quería para su principal empleado altamente especializado en sedas quién, en ese tiempo, no sabía de tomar armas ni menos manejar el arado.

Su persuasión con el empleado no resultó, entonces decidió tomar el mismo barco que su empleado y acompañarlo hasta el puerto de Buenos Aires. Además que debía visitar una sucursal de ventas que tenían en esa ciudad de Argentina. Su ex empleado Juan viajó, con los demás colonos, en tercera clase y su patrón en la elegante primera clase. Por el camino Juan le presentó, a su patrón Alberto, a la hija mayor, de 18 años, de un matrimonio de colonos alemanes que viajaban también al sur de Chile que se llamaba Rosina Schraub. Rosina era de una hermosura indescriptible, por ella fue que Alberto se olvidó de todas las enormes responsabilidades que tenía en Argentina y en Suiza y decidió seguir acompañando a la caravana de los colonos a Chile. Le “pidió la mano a su Rosina” y se propuso hacer desistir de esta loca aventura y traer de vuelta a Suiza a su empleado y ahora a su novia, con sus padres, su hermana de 16 años y su hermano de 12. No pudiéndolos convencer decidió acompañarlos al sur de Chile sólo para que se convencieran del engaño de que eran objeto.

Mi abuela me contaba, con sus ojitos llenos de lágrimas que el viaje en barco hasta Buenos Aires fue largo, pero increíblemente más penoso y pesado resultó el viaje desde Buenos Aires a Santiago de Chile con una distancia de 1600 kilómetros, viajando en unas carretas tiradas por bueyes. Después de llegar a Santiago de Chile debieron recorrer, en las mismas carretas, otros 700 kilómetros de Santiago hasta una ciudad del sur de Chile llamada Traiguén. Este fue otro horrendo viaje, ya que se efectuó no mediante la prometida caravana tirada por caballos, sino por varias yuntas de bueyes, los caminos para esas regiones sureñas eran horribles, ya que llovía casi todo el año y eran solo de tierra, el ripio o las piedras de río aún no se usaban. Solo se podía viajar en carretas a menos velocidad que el de una persona caminando lentamente. Todo este trayecto de setecientos kilómetros resultó de varios meses. Por el camino, poco antes de llegar a la meta, se enfermó Esperanza la hermana menor de Rosina, de solo 16 años.

En un poblado, donde descansaban de la interminable marcha, les informaron que había un “Doctor” recién llegado a esta región, lo localizaron e hicieron que atendiera a la hermosa enfermita. Al día siguiente el “Doctor” se acercó a la caravana y les planteó que era mejor que dejaran a Esperanza en su casa. Temiendo que se podría agravar, la dejaron encargada en casa de este, seudo médico embaucador de la medicina, un charlatán que engañaba a medio mundo y además decía que era su esposa una mujer que los vecinos de él decían conocer muy poco. Como era una costumbre de esa época no la dejaba hablar con nadie y además ella no era de la zona. El compromiso con el charlatán fue que Alberto volvería a buscar a la enfermita en un par de días más. Llegó la caravana a Traiguén, les dieron terreno a orillas de un río en lo que hoy se conoce como Galvarino. Alberto volvió, ahora a caballo, a buscar a la enferma y grande fue su sorpresa, ya que el charlatán que se hacia pasar por médico, se había ido del lugar llevándose a Esperanza y a la otra mujer, que al decir de los vecinos, también era una secuestrada. Todo indicaba que se dedicaba a secuestrar mujeres para venderlas, en las casas de prostitución. Mi abuelo Alberto, como disponía de dineros y de protección del Consulado Suizo organizó un grupo de diez campesinos a caballo que trabajaban día y noche tratando de encontrar una pista que sirviera para encontrar a Esperanza. Desgraciadamente todo este alevoso delito lo hizo el bandido sin dejar rastro alguno.

El día 16 de Marzo de 1889 se casa Alberto con Rosina, con una enorme pena de por medio, en la ciudad de Traiguén. Ahora no podía volver Rosina a Suiza, ya que se juramentaron de no hacerlo hasta encontrar a Esperanza. El grupo de diez personas dedicadas a la búsqueda subió a quince y después a veinte; fueron realmente la primera policía organizada con fines humanitarios en la región. Mi abuelo se recordaba de la forma como funcionaba la policía en su país, entonces estableció que se guiaran por algunos de los reglamentos de la ejemplar policía Suiza. Trabajaron pagados por Alberto más de seis años en la búsqueda de Esperanza y de paso ayudaban a otras personas que eran objeto de abusos por los infaltables facinerosos. Posteriormente, algunos años después, aparecieron otros grupos que cobraban dinero para “limpiar de indios” los terrenos entregados a los colonos. Estos seudo policías se dedicaban a matar mapuches a mansalva, entre los que dirigía a estos grupúsculos había un reconocido bandido que se hacía pasar por aristócrata diciendo que descendía de familias europeas ilustres. Mi abuelo, como venía de Europa no se dejaba embaucar fácilmente. Además Alberto era un hombre con una formación cultural que no soportaba, por ningún motivo, los argumentos de que matar indios no era un acto criminal. Era un hombre que había conocido muchos lugares del mundo. Había visto en la China, con la que mantenía contacto en su fábrica de sedas, a hombres de gran capacidad, a personas muy humanitarias y que físicamente eran casi exactamente como estaban formados los araucanos, tanto el color de su piel como sus pómulos sobresalientes y la forma de sus ojos era muy parecida. Él pensaba que los chinos eran de origen araucano, o vise versa. Nunca ocupó las armas que le entregó el gobierno chileno a cada colono para que “limpiara su terreno.”

Muchos años después de esta historia, Juan Kind, teniendo más de 90 años, nos invitó a mi y a un grupo de profesores a un banquete en su latifundio. En esa oportunidad me mostró una carabina con el nombre de mi abuelo y me la quería entregar solemnemente. Le dije, si mi abuelo no la quiso usar jamás, yo tengo ahora mayores razones para no desearla. Entonces partió con su discurso. “Eres tan ingenuo como tu abuelo. Yo era también de esas creencias cuando estaba en Suiza. Pero aquí en América se tiene que aprender a vivir de otra manera. Este es otro mundo, aquí no se puede ser bonachón.” Y continuó su largo discurso ante más de veinte de mis colegas profesores del Liceo de Hombres de Temuco que andábamos tomando exámenes a los colegios privados en esa región. “Imagínate, tu abuelo gastó varios millones de dólares, que pedía por medio del consulado suizo a Zurich, en muchas tonterías, entre otras: la fundación de una imprenta para convencer y convertir al humanismo civilizado, a los semi analfabetos y a los colonos a que debían comportarse con la así llamada decencia europea. El pobre de tu abuelo, no se daba cuenta de como había de comportarse para hacerse de dinero en este nuevo mundo. Las autoridades chilenas recién habían llegado a un “convenio” con los mapuches. Los araucanos debían irse de las márgenes del río Cautín. Debían salir del valle entre el río y el cerro Ñielol. Al que no lo hizo lo llevaron como esclavo a las minas de los lavaderos de oro, hasta que dejaron finalmente este inmenso valle para los fines militares. Después cambiaron de opinión por ser esta región peligrosa para ellos. Con cientos de miles de dólares Alberto compró al gobierno chileno parte de estos terrenos, donde se extendió ahora Temuco. Regaló terrenos, para edificar, al que se lo pidiera. ¿Tú crees que alguno de esos le agradece? Tu abuelo fue tomado por un hombre bonachón y tonto. Hay que llevarle algún cuento y sacarle plata al gringo, era lo que se escuchaba en muchos rincones. A mí me regaló ese otro terreno, que le habían dado a él como colono, que está al otro lado del río. Por supuesto que yo me lo merecía, había sido un empleado suyo durante casi diez años. Lo junté con el que le regalaron a los padres de Rosina y a los terrenos que me regalaron a mí y como tú sabes no tengo tiempo suficiente para conocer en detalle la extensión de todos mis campos. Tu abuelo se hizo millonario en Europa comerciando en sedas con China. Yo gané dineros, como muchos otros colonos, con los métodos precisos que había que usar aquí en el Sur de Chile. Esta gente, de origen indiano, no es que no sirva para nada. Ellos solo pueden cuidar animales, son excelentes para criar chanchos, pero Alberto creía que podían como nosotros sacar cuentas o aprender a leer. Ahora claro hay algunos que pueden llegar a la escuela, pero eso es porque se han cruzado las razas con las de europeos. Mi nieto Juanito, que fue compañero tuyo de internado y después como colega ya me ha informado de lo rebelde que son tus ideas. Por eso he hablado tan largo y he sacrificado estas perdices, que son de mi propio criadero, no por tus creencias, ni las de Alberto. Lo hago solo por el recuerdo a Alberto quién murió pensando que yo, su mejor empleado, me había convertido, de ser un hombre europeo, en un asesino de mapuches. Esta era su opinión que me la decía siempre que nos juntábamos”.

Terminado este discurso, nadie dijo nada, como tampoco nadie aplaudió para nada. Él hablaba a un público de una nueva cultura, de una cultura globalizada, para mis colegas era penoso escuchar a este anciano que creía que tenía el reconocimiento de la nueva sociedad, por lo bien que había realizado las cosas en su vida. Alberto perdió dinero, pero murió con su conciencia muy tranquila. Su amigo con sus discursos quería justificar lo injustificable. Tenía su conciencia comprometida con su pasado. Temía a la muerte, ya que creía que tendría algún juicio después de su muerte. Alberto le recordó más de una vez, según me contó mi abuela Rosina: “en tú juventud, cuando eras empleado de mi fábrica “Chineseide”, formulabas en tus discursos para los trabajadores diciéndoles que todos éramos iguales. Que no se dejen explotar por Alberto Buholzer. Y cuando yo te expliqué que yo también, siendo tu patrón, participaba de tus ideas de que felizmente todos nacemos iguales, nos hicimos amigos”. Mi abuela me agregaba, “ahora cuando se encuentran solo discuten sobre este tema. De amigos se han convertido casi en enemigos. Alberto creía en la igualdad de todas las razas y Juan ha cambiado totalmente su alma, dicen que vendió su alma al diablo, pero yo no creo en estas cosas. Lo que creo es que solo piensa en ganar dinero y esto lo ha transformado en otro tipo de ser humano.” Esa era la opinión de mi Abuela.

Juan Kind en su vejez tenía una lucidez mental que le hacía recordar el pasado con toda claridad. Su enfermedad era que fue transplantado de un estado de conciencia a otro. Todos los transplantes, hasta los del alma, tienen su rechazo y él sufría las consecuencias de este rechazo. Su remordimiento de conciencia aparecía cuando menos se lo imaginaba. Eso es lo que yo pienso en cuanto a estas insólitas invitaciones a comer perdices.
Raúl Buholzer

Nota:
foto 1: 1953 Rosa Schraub Feldbausch de Buholzer, Clotilde Matamala, Marta Sepúlveda, Raúl Buholzer, en Valdivia.